|
Teresita
y los Sacerdotes
Hola, soy Teresita de Lisieux, para que me sigas conociendo
quisiera compartir un poco contigo acerca de mi admiración
y mi preocupación hacia los sacerdotes.
Fueron mis padres quienes desde muy pequeña me
inculcaron el respeto a los ministros del Señor.
Alimenté durante mucho tiempo un deseo que me
parecía prácticamente irrealizable: tener
un hermano sacerdote; sin embargo mi Jesús a
quien tanto amo me concedió esta gracia a los
22 años de edad, estando ya en el Carmelo dándome
no uno sino dos hermanos espirituales: el padre Maurice
Belliere y el padre Adolfo Roulland. Ambos fueron también
misioneros.
Desde muy joven tomé conciencia de la fragilidad
de estos hombres de Dios, sobre todo en aquella peregrinación
a Roma, allá en 1887. Dicha peregrinación
diocesana reunía a buen número de sacerdotes.
Como nunca había vivido en su intimidad, no podía
comprender el fin principal de la reforma del Carmelo:
orar por los sacerdotes. Orar por los pecadores me encantaba;
¡pero orar por las almas de los sacerdotes, que
yo creía más puras que el cristal, me
parecía muy extraño...!
En Italia comprendí mi vocación. Y no
era ir a buscar demasiado lejos un conocimiento tan
importante...Durante un mes conviví con muchos
sacerdotes santos, y pude ver que si su sublime dignidad
los eleva por encima de los ángeles, no por eso
dejan de ser hombres débiles y frágiles...
Si los sacerdotes santos, a los que Jesús llama
en el Evangelio «sal de la tierra», muestran
en su conducta que tienen una enorme necesidad de que
se rece por ellos, ¿qué habrá que
decir de los que son tibios? ¿No ha dicho también
Jesús: «Si la sal se vuelve sosa, ¿con
qué la salarán?»
¡Qué hermosa es,… la vocación
que tiene como objeto conservar la sal destinada a las
almas! Y ésta es la vocación del Carmelo,
pues el único fin de nuestras oraciones y de
nuestros sacrificios es ser apóstoles de apóstoles,
rezando por ellos mientras ellos evangelizan a las almas
con su palabra, y sobre todo con su ejemplo...
Esta experiencia, como comprenderán pudo afianzar
mi vocación y afianzarme más a mí
misma, tal es así que estando ya en el Carmelo
de postulante A los pies de Jesús-Hostia, en
el interrogatorio que precedió a mi profesión,
declaré lo que venía a hacer en el Carmelo:
«He venido para salvar almas, y, sobre todo, para
orar por los sacerdotes».
Llevando ya algunos años de vida religiosa en
esta gran familia del Carmelo de Teresa de Jesús
escribí una carta a mi hermana de sangre y de
consagración, Celina, en ella le hacía
ver lo breve que es la vida en este mundo y que mientras
estemos él no debemos perder el tiempo porque
las almas se pierden como copos de nieve, y Jesús
llora, y nosotras pensamos en nuestro dolor sin consolar
a nuestro prometido...
Animaba a Celina, que vivamos para las almas..., a que
seamos apóstoles..., y que salvemos sobre todo
las almas de los sacerdotes. Esas almas debieran ser
más transparentes que el cristal...Pero, ¡ay!,
¡cuántos malos sacerdotes, cuántos
sacerdotes que no son lo bastante santos...! Le pedía
a mi hermana orar y sufrir por ellos, así Jesús
estaría agradecido. Y si le pedía de esta
manera es porque era consciente de lo que estaba pasando
con muchos sacerdotes.
Al observar esta realidad comprendí que desde
mi vocación de carmelita Jesús nos pide
a nosotras, quienes nos hemos consagrado de esta forma,
que apaguemos su sed dándole almas, sobre todo
almas de sacerdotes, porque nuestra misión es
olvidarnos de nosotras mismas, anonadarnos..., Jesús
quiere que la salvación de las almas dependa
de nuestros sacrificios y de nuestro amor. Él,
a nosotras las carmelitas descalzas nos mendiga almas.
Así, Jesús nos concede la gracia insigne
de instruirnos Él mismo, de revelarnos una luz
escondida... Animaba mucho en esto a Celina..., a que
tomemos conciencia de que la vida es corta, y sin embargo
la eternidad sin fin... Desde esta perspectiva la carmelita
ofrece a Dios su vida como un sacrificio continuado,
un martirio de amor, para consolar a Jesús. El
no quiere más que una mirada, un suspiro, ¡pero
una mirada y un suspiro que sean sólo para él...!
¿De qué forma ofrece la Carmelita esto
a Jesús? De una sola forma: amándole.
Amando a Jesús, con todas las fuerzas de nuestro
corazón y salvándole almas para que sea
amado... ¡Sí, hacer amar a Jesús!
¡Así la carmelita Descalza trabaja por
Cristo y por la Iglesia! Muchas de las veces se nos
ha criticado que nosotras las religiosas de clausura
no hacemos lo suficiente y deberíamos dedicarnos
más a la actividad.
En otra carta dirigida también a Celina le decía
lo que yo pensaba al respecto: No somos holgazanes ni
derrochadoras. Jesús nos defendió... El
estaba en la mesa, Marta servía... ¿y
María? María no pensaba en tomar alimentos
sino en agradar al que amaba, por eso tomó un
vaso lleno de perfume muy costoso y rompiendo el vaso
lo derramó sobre la cabeza de Jesús y
toda la casa se lleno de perfume del ungüento;
pero los apóstoles murmuraban contra Magdalena....
Lo mismo ocurre con nosotras, los cristianos más
fervorosos piensan que exageramos, que deberíamos
servir como Martha en vez de consagrar a Jesús
los vasos de nuestra vida con los perfumes que envenenan...
¿qué importa que se rompan nuestros vasos,
si Jesús recibe consuelo? Así quiere entregar
su vida la Carmelita por salvar almas, en esto radica
su apostolado.
Esta misión de salvar las almas sobre todo la
de los sacerdotes por medio de la oración y el
sacrificio es para mí un comercio al “por
mayor” porque santificando a los responsables
directos de la fe cristiana se logrará salvar
más fácilmente las almas que ellos tienen
confiada.
Reconozco lo grande que es la vocación de sacerdote.
¡Con qué amor, llevaría a Jesús
en mis manos cuando, al conjuro de mi voz, Él
bajara del cielo...! ¡Con qué amor le entregaría
a las almas...! Pero, sin embargo deseando ser sacerdote,
admiro y envidio la humildad de san Francisco de Asís
y siento en mí la vocación de imitarle
renunciado a la sublime dignidad del sacerdocio.
Todos nosotros por medio del sacramento del bautismo
también fuimos ungidos como sacerdotes, a esto
se llama el sacerdocio común de los fieles. Sin
embargo existe el sacramento del orden que capacita
a ciertos hombres a hacer las veces de Cristo en la
tierra. Yo en esta tierra viví mi vocación
sacerdotal desde mi condición de mujer y consagrada:
ayudando a los apóstoles con nuestra oración,
con nuestro amor. Tomando conciencia que los campos
de combate de los sacerdotes son los nuestros y por
ellos luchar un día y otro sin cesar.
Viví mi vocación uniéndome íntimamente
al acto que todos los sacerdotes realizan durante el
santo Sacrificio de la Misa: ofrecer a Dios Padre la
humanidad estando al pie de la cruz. Esta intuición
se produjo en mi estando aún con mi padre en
los Buissonnets (La casa donde vivía) después
que el niño Jesús la noche de navidad
me dio la gracia de mi conversión haciéndome
fuerte y valerosa.
Fue un día domingo, mirando una estampa de Nuestro
Señor en la cruz, me sentí profundamente
impresionada por la sangre que caía de sus divinas
manos. Sentí un gran dolor al pensar que aquella
sangre caía al suelo sin que nadie se apresurase
a recogerla. Tomé la resolución de estar
siempre con el espíritu al pie de la cruz para
recibir el rocío divino que goteaba de ella,
y comprendí que luego tendría que derramarlo
sobre las almas.
¡Qué sublime es la misión del sacerdote:
al conjuro de su voz Cristo se hace presente en nuestros
altares! ¡Qué humildad la de nuestro divino
Rey de gloria al someterse a todos sus sacerdotes sin
hacer ninguna distinción entre los que le aman
y los que son tibios y frio en su servicio! …A
su llamada Tú Jesús desciendes del cielo;
pueden adelantar, retrasar la hora del Santo Sacrificio
de la misa, siempre estás dispuesto.
Esta es la dignidad tan alta y tan noble del sacerdote,
por eso debemos rezar siempre por ellos para que lo
que proclamen y celebren lo vivan, recordemos que en
la medida que haya muchos y santos sacerdotes habrán
muchos y santos cristianos.
Fuente: Agenda
Carmelita 2010
En Brazos de
Jesus - Las Reliquias de Teresita
El cuerpo
de algunos santos, cuando mueren, no desaparece del
todo, sino que hay partes que se conservan para ser
veneradas: son las reliquias. La gente que tiene mucho
cariño a estos santos, las guarda y cuida porque
son un recuerdo que nos enseña que hay gente
de carne y hueso que ha llegado a ser santa, y nosotros
también podemos.
Santa Teresita era una niña
que perdió a su madre a los cuatro años,
pero su padre y sus hermanas se encargaron de cuidarla
y educarla. Desde muy pequeña, quería
ser santa y dedicar su vida a Jesús en un convento,
como hicieron sus hermanas antes que ella. Y quería
hacerlo tan pronto que, con catorce años, se
fue a ver al Papa a Roma para pedirle permiso, y se
lo concedió. Ya dentro del convento, le pidieron
que escribiera lo que le iba pasando en su amistad con
Jesús, y de ahí surgió el libro
Historia de un alma. Sólo por lo que escribió
ahí, y que pensaba que no iba a leer nadie, se
ha descubierto todo lo que, sin haber estudiado nada,
había aprendido sobre Jesús.
La idea principal de sus escritos
es que tenemos que ser como niños pequeños,
poniéndonos en sus brazos y dejando que nos cuide.
Siempre hablaba de sí misma como una florecilla
que Dios había cuidado siempre, dándole
la tierra y el agua que necesitaba. Santa Teresita es
también Patrona de las misiones porque, sin salir
de su convento, rezaba mucho para que todo el mundo
llegara a conocer el Amor de Jesús.
Fuente:www.alfayomega.es
DOCTORA DE LA IGLESIA
THÉRÈSE MARTIN (FRANCIA)
Breve Reseña Biográfica :
Santa Teresa del Niño Jesús nació
en la ciudad francesa de Alençon, el 2 de enero
de 1873, sus padres ejemplares eran Luis Martin y Acelia
María Guerin, ambos venerables. Murió
en 1897, y en 1925 el Papa Pío XI la canonizó,
y la proclamaría después patrona universal
de las misiones. La llamó «la estrella
de mi pontificado», y definió como «un
huracán de gloria» el movimiento universal
de afecto y devoción que acompañó
a esta joven carmelita. Proclamada "Doctora de
la Iglesia" por el Papa Juan Pablo II el 19 de
Octubre de 1997 (Día de las misiones).
«Siempre he deseado, afirmó en su autobiografía
Teresa de Lisieux, ser una santa, pero, por desgracia,
siempre he constatado, cuando me he parangonado a los
santos, que entre ellos y yo hay la misma diferencia
que hay entre una montaña, cuya cima se pierde
en el cielo, y el grano de arena pisoteado por los pies
de los que pasan. En vez de desanimarme, me he dicho:
el buen Dios no puede inspirar deseos irrealizables,
por eso puedo, a pesar de mi pequeñez, aspirar
a la santidad; llegar a ser más grande me es
imposible, he de soportarme tal y como soy, con todas
mis imperfecciones; sin embargo, quiero buscar el medio
de ir al Cielo por un camino bien derecho, muy breve,
un pequeño camino completamente nuevo. Quisiera
yo también encontrar un ascensor para elevarme
hasta Jesús, porque soy demasiado pequeña
para subir la dura escalera de la perfección».
Teresa era la última de cinco hermanas ‹había
tenido dos hermanos más, pero ambos habían
fallecido. Tuvo una infancia muy feliz. Sentía
gran admiración por sus padres: «No podría
explicar lo mucho que amaba a papá, decía
Teresa, todo en él me suscitaba admiración».
Cuando sólo tenía cinco años, su
madre murió, y se truncó bruscamente su
felicidad de la infancia. Desde entonces, pesaría
sobre ella una continua sombra de tristeza, a pesar
de que la vida familiar siguió transcurriendo
como siempre, llena de ternura: es educada por sus hermanas,
especialmente por la segunda; y por su padre, que es
capaz de inculcar una ternura materna y paterna a la
vez.Con él aprendió a amar la naturaleza,
a rezar y a amar y socorrer a los pobres.
Cuando tenía nueve años, su hermana, que
era para ella «su segunda mamá»,
entró como carmelita en el monasterio de la ciudad.
Nuevamente Teresa sufrió mucho, pero, en su sufrimiento,
adquirió la certeza de que ella también
estaba llamada al Carmelo.
Durante su infancia siempre destacó por su gran
capacidad para ser «especialmente» consecuente
entre las cosas que creía o afirmaba y las decisiones
que tomaba en la vida, en cualquier campo. Por ejemplo,
si su padre desde lo alto de una escalera le decía:
«Apártate, porque si me caigo te aplasto»,
ella se arrimaba a la escalera porque así, «si
mi papá muere no tendré el dolor de verlo
morir, sino que moriré con él»;
o cuando se preparaba para la confesión, se preguntaba
si «debía decir al sacerdote que lo amaba
con todo el corazón, puesto que iba a hablar
con el Señor, en la persona de él».
Cuando sólo tenía quince años,
estaba convencida de su vocación: quería
ir al Carmelo. Pero al ser menor de edad no se lo permitían.
Entonces decidió peregrinar a Roma y pedírselo
allí al Papa. Le rogó que le diera permiso
para entrar en el Carmelo; el le dijo: «Entraréis,
si Dios lo quiere. Tenía ‹dice Teresa‹
una expresión tan penetrante y convincente que
se me grabó en el corazón».
En el Carmelo vivió dos misterios: la infancia
de Jesús y su pasión. Por ello, solicitó
llamarse sor Teresa del Niño Jesús y de
la Santa Faz. Se ofreció a Dios como su instrumento.
Trataba de renunciar a imaginar y pretender que la vida
cristiana consistiera en una serie de grandes empresas,
y de recorrer de buena gana y con buen ánimo
«el camino del niño que se duerme sin miedo
en los brazos de su padre».
A los 23 años enfermó de tuberculosis;
murió un año más tarde en brazos
de sus hermanas del Carmelo. En los últimos tiempos,
mantuvo correspondencia con dos padres misioneros, uno
de ellos enviado a Canadá, y el otro a China,
y les acompañó constantemente con sus
oraciones. Por eso, Pío XII quiso asociarla,
en 1927, a san Francisco Javier como patrona de las
misiones.
|